Un
lunes cualquiera, compartí de forma espontánea con los niños de mi
clase de 2 años cómo me sentía, quizá de forma inconsciente quise
disculparme anticipadamente por si en esa jornada que comenzaba no
era capaz de estar a la altura.
Considero
también, en contra de lo que puedan opinar aquellos profesionales
rígidos y asustados, que verbalizar de forma natural lo que
acontece en nuestro interior al grupo, es una buena manera de crear
complicidad y cercanía, además de darles la pista y la tranquilidad
de que ellos pueden hacer lo mismo, la certeza de que las emociones
tienen cabida en estas cuatro paredes, sean buenas, malas o
regulares...
-Ay
chicos!- hoy estoy muy cansadica, no tengo ni pizquica ganas de
trabajar....
Se
oyó entonces la vocecita de una niña de tres años recién
cumplidos:
-¿Dónde
trabajas Vanessa?
De
repente... el cansancio fue sustituido por una sensación maravillosa, no sólo de querer hacer, sino de querer hacer bien.
Claro
que no pude reprimir una gran risotada, la situación lo requería...
_¿Cómo
que dónde trabajo? Pues en la guarde!!!
Me
miró extrañada como que no entendía muy bien....y yo me alegré
por ello, ya tendrá tiempo de entender...
El
día a día en la Escuela Infantil, es una fuente inagotable de
emociones recién nacidas, no solo para los niños, sino también
para las educadoras que, en ocasiones nos dejamos llevar por nuestra
niña interior disfrutando y permitiéndole jugar, y en otras
ocasiones, nos toca lidiar con esa misma niña que entra en juego sin
pedir permiso e imponiendo sus propias reglas...
Risas,
lloros, enfados, cacas, juego, frustración, abrazos, ruido,
galletas, caricias, chichones, besos, mocos, cuerpo, deseo, placer,
palabras que sostienen, sonrisas que acunan, esperanzas y
sueños.....todo ello y mucho más se entremezcla formando un
remolino de afectos.
En
esta suma de cursos que llevo acompañando a los niños en su propio
crecimiento, he presenciado momentos y situaciones realmente
conmovedoras y emocionantes, gracias a ello, yo voy cada día,
añadiendo también algún que otro centímetro a mi estatura
emocional.
Pero
posiblemente, la inocente pregunta de esta niña, ha conseguido ir
más allá, despertando el deseo, no sólo de abrir mi caja mágica,
aquella en la que guardo las cosas importantes que considero un
placer atesorar, sino en disfrutar al mostrar y
compartir su contenido con los demás...
y
así todo revuelto es lo que me he encontrado en su interior...
… el
placer de estar y las ganas de ser mejor...
...
el compromiso de permanecer y sostener sus miradas curiosas
...
la responsabilidad de construir bonitos castillos con fuertes
cimientos, que no derrumbe ni la tempestad más terrible..
...
el deseo de adornar sus corazoncitos con lazos de colores …
… la
oportunidad de ofrecerles lo mejor de mí..
...
el empeño por aprender a tolerar mis errores...y dejarles a ellos
errar...
...la
idea de que ser “su seño” es un parentesco más...quizá el más
cercano a ser mamá (con todo lo que eso supone...)
…que
no entienden de salarios ni de horarios... ¡y ni falta que les hace!...pero
si entienden de miradas y de permisos...el permiso de ser ellos
mismos...
… la
certeza de que crecen sintiendo que lo mío no es trabajar, lo cual
me llena de
satisfacción.
...las
lecciones sobre la vida y sobre el ser humano que me regalan a cada
momento...
...la
capacidad que tienen para dejarme con la boca abierta cuando les
observo sin intervenir en sus juegos, dejándome llevar por el placer
que produce crear sin límites absurdos.
… Y
ahí, bien dobladita, al fondo de la caja, encuentro la suerte, la
suerte de contar con unos clientes tan agradecidos, que convierten mi
trabajo en un suma y sigue de momentos mágicos e inesperados, como
la vida misma.
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